Ayer, Esperanza Aguirre Gil de Biedma, presidenta de la Comunidad de Madrid, perpetró su segundo golpe de Estado. Al primero se le conoce como tamayazo y gracias a ese acto de piratería infame, Aguirre fue proclamada presidenta de la autonomía madrileña en el otoño de 2003.

 El segundo golpe de Estado ha consistido en un manejo dictatorial -abusando hasta el hartazgo de su mayoría parlamentaria- de la Comisión Parlamentaria de Investigación en torno al affaire de los espías. Siguiendo milimétricamente las directrices públicas, sin rubor alguno, de Pedro J. Ramírez -y bajo la protección y tutela del diario El Mundo-, Aguirre dio por cerrada ayer la citada Comisión.

Los vaivenes

Los vaivenes de la lideresa -quien acostumbra a actuar cual si fuera la zarina de Lavapiés- convirtieron la Comisión en una especie de sainete sin gracia alguna. El Gobierno aguirrista degradó la labor parlamentaria a unos niveles que recuerdan las Cortes del franquismo, por lo demás bastante más vistosas -todo hay que decirlo-, merced a las variopintas vestimentas que llenaban los escaños de entonces.

Elegantísimo Camps

Había desde sotanas episcopales, militares de altísima graduación y falangistas con chaquetilla blanca, entre otros atavíos. Por cierto, si el elegantísimo Francisco Camps, hubiera sido procurador en Cortes habría mejorado aún más el paisaje pseudoparlamentario de aquella época.

Caprichos de prima dona

Aguirre se permitió, en sus caprichos de prima dona, nombrar a Benjamín Martín Vasco -inmerso en la trama de Francisco Correa y sus cómplices- presidente de la Comisión, lo que fue un brindis a la corrupción, hasta que desde El Plural advertimos del espectáculo y el tal Martín Vasco tuvo que dimitir de urgencia.

Gobierno bajo sospecha

Aguirre preside un Gobierno bajo sospecha, situación que se remonta a los orígenes de su mandato. La clausura de la Comisión no se ha llevado a cabo de forma legítima y respetuosa con la democracia. Ha sido instada por sus amigos mundiales que le prepararon una coartada a la medida.

Socorros mutuos

Aguirre con su actitud ha demostrado una vez más que no le importa la voluntad de los ciudadanos -por mucho que presuma de ello-, voluntad expresada en las urnas y que no sólo es popular, sino que prefiere seguir las estrategias que le preparan sus periodistas de cámara y de intereses y socorros mutuos. Manda más en Madrid Ramírez que Aguirre

La política del avestruz

Aguirre temía a la verdad. Manuel Cobo, vicealcalde de Madrid, estaba dispuesto a desenmascarar en su comparecencia el tinglado del espionaje. Había peligro y la lideresa optó por la política del avestruz. Muerto el perro se acabó la rabia. Ha dado así su auténtica talla como presidenta de la Comunidad de Madrid.

Exhibición de desafueros

Toda esta exhibición de desafueros se desarrolla como un capítulo más de la batalla de la sucesión, a la que Aguirre no renuncia. Al parecer, y según la versión de El País, Rajoy pretende reabrir su investigación interna, aquella que inició Dolores de Cospedal y que abandonó de modo vergonzoso, casi clandestinamente, poco después.

¿Investigación rigurosa?

Quien ha absuelto a Camps y no ha sido capaz de condenar a Carlos Fabra, no es la persona más adecuada para garantizar una investigación rigurosa. Sin embargo, su empeño por quitarse a Aguirre de en medio tal vez logre el milagro de la transparencia.

Los móviles

En todo caso, los móviles de unos y otros no son en absoluto que se haga justicia a presuntos delincuentes, que tanto daño están causando al PP. Aguirristas y marianistas sólo pretenden llegar al poder como sea. En esta ocasión, paradójicamente, el camino hacia la Moncloa pasa sine qua non por la destrucción del oponente. O muere políticamente Rajoy. O muere políticamente Aguirre. Todo un ejemplo no de virtuosos demócratas, sino de tahúres. ¡Menuda desgracia!

Enric Sopena es director de El Plural