Tomo prestado el título de este artículo del que da nombre a un grueso volumen que recoge el epistolario de José Castillejo, un intelectual reformador impulsor de la Junta de Ampliación de Estudios donde se agruparon los mejores cerebros del país, forzados al exilio al termino de la guerra incivil.

Hoy me domina un sentimiento pesimista del que los lectores saben que procuro huir como norma. Me pregunto si la fatalidad, entendida como una fuerza que determina una desgracia, no está rigiendo la vida política de más de seis millones de ciudadanos que pueblan Madrid. No entiendo que la voluntad democrática de convivencia, tan reiteradamente expresada, pueda subvertirse a impulsos de una utilización espuria de los recursos del poder, hasta afectar a la credibilidad de las instituciones, y que no se produzca una reacción masiva de protesta. No soporto la idea de la hipócrita equidistancia que se intenta defender como exquisita neutralidad, cuando se lanza el mensaje de que "todos son iguales" cada vez que un escándalo de la gravedad del actual afecta -y basta ya de decir supuestamente- a miembros relevantes de la derecha.

En este Madrid que desgobierna Esperanza Aguirre se ha dejado de respetar la labor de la oposición y se actúa con impunidad al negarse a responder a las preguntas razonables que se plantean en sede parlamentaria si no es con insultos y descalificaciones, al tiempo que se agitan las conciencias más radicales, predemocráticas, poniendo en cuestión la dignidad de los jueces o los medios de comunicación que se atreven a actuar contra comportamientos sospechosos. La verdad tiene que abrirse paso, aunque sea a gritos en la calle para romper insidiosas barreras de silencio. Y la verdad es que se intenta dormir al pueblo con mentiras. Aquí se están descubriendo cada día maniobras especulativas, "pelotazos" multimillonarios, redes de amistades inconfesables, documentos falsificados para otorgar contratos a empresas amigas. Aquí hay pruebas. En los tribunales se sustanciarán las responsabilidades penales, pero en sede parlamentaria, dentro y fuera de cualquier comisión, hay que exigir el conocimiento de toda la documentación que delimite las responsabilidades políticas. Y ya es materia condenable que se falsifique el libre juego democrático, con prácticas obstruccionistas, como viene ocurriendo.

Debe ser duro, naturalmente, ver como paulatina e inexorablemente van cayendo peones, pero también alfiles, en torno a una reina que se creía inexpugnable. ¿Y el rey? Pues parece que, al fin, está decidido a evitar el jaque mate. Es la fatalidad, señora Aguirre. A los demás, a los que aspiramos a una regeneración democrática como aquella por la que lucharon los amigos de José Castillejo, nos corresponde ilusionarnos con el porvenir y luchar por conquistar el horizonte dentro de dos años.

Eduardo Sotillos